< Siempre la miras o ahora que la tienes cada día delante de los ojos quizás le pases enfrente sin siquiera levantar la cabeza? > me pregunto’ mi hermana, asomada a la ventana de casa a Barcelona para contemplar la Sagrada Familia desde una mejor perspectiva. Me acuerdo de ello mientras miro distraídamente el imponente macizo que se hunde a pico en el mar y marca el limite de la Riserva dello Zíngaro, en el extremo occidental de Sicilia, los párpados se hacen pesados bajo el torpor de una tarde de primavera. ¿Puede ocurrir que nos acostumbremos a las cosas bellas, tanto de no saborearlas más? Cuando era niña me encantaba el mar. No tenia importancia que la playa fuera de arena blanca o volcánica, fina o de piedrecitas, junto al paseo marítimo con tiendas y restaurantes o detrás de un bosque de pinos. Yo sólo quería ir a la playa y pasar en el agua todo el tiempo que pudiera. Si acaso, la única condición era que no hubieran medusas. ¿Qué sabía yo entonces que aquello era sólo una muestra de la belleza que el mar guardaba para mí? ¿Cómo imaginar que, una vez superado el miedo a las bombonas de oxígeno y a la profundidad, el fondo del mar me parecería más hermoso que las playas, jardines flotantes y museos sumergidos de arte, historia, leyendas y misterios? Las cosas bellas, las que realmente nos gustan, las descubrimos siguiendo el instinto, por casualidad o tal vez por curiosidad, las cultivamos por interés y finalmente las amamos por pasión. Naturaleza, arquitectura, pintura, teatro, literatura, cine, deporte, los caminos se parecen. Luego la belleza que cultivamos nos abre un mundo, donde lo que antes nos parecía hermoso después podría resultarnos banal, no todo nos emocionará, sólo algunas cosas lograrán sorprendernos. Otras veces, sin embargo, y esta tal vez sea la sorpresa más grande, el aprendizaje nos lleva de vuelta a aquello que conocimos y que en su día su supimos comprender. Paseando a lo largo de estas montañas que han sido declaradas Reserva Natural, pienso a las montañas donde me he criado, en el Appennino Lucano, anónimas para muchos viajeros y sin embargo tan generosas de espacios vivos y panoramas cálidos que merecerían el mismo reconocimiento. Entre el orgullo y la amargura, solo puedo sonreír de mi tardío descubrimiento.